VIH, salud mental y un mundo en tensión

Por Facundo Ríos.

En medio de los diversos sucesos del año nuevo, compartimos esta crónica sobre pastillas diarias, preguntas silenciosas y la necesidad de ponerle bordes al miedo.

La pastilla se toma igual que siempre, a la misma hora, con el mismo vaso de agua. El gesto suele ser automático, casi mecánico. Pero algo cambió en el fondo. Mientras se traga el comprimido, la cabeza se queda un segundo más en las noticias leídas la noche anterior, en los conflictos que se multiplican, en los recortes de fondos internacionales, en palabras como “presupuesto”, “priorización”, “logística”. No es miedo explícito ni pánico, es una inquietud baja, persistente, que se instala sin pedir permiso. Una pregunta que no siempre se formula en voz alta, pero que aparece igual: ¿y si esta vez el mundo no logra sostener lo que hasta ahora parecía garantizado?

No es una sensación aislada ni una preocupación antojadiza. El escenario global ofrece suficientes señales para que esa inquietud exista. Conflictos armados prolongados, tensiones geopolíticas crecientes, debilitamiento de los organismos multilaterales y recortes presupuestarios que comienzan a afectar áreas sensibles como la salud global y el VIH. A eso se suma una cadena logística internacional cada vez más expuesta, donde el traslado de medicamentos depende de rutas marítimas, acuerdos comerciales y decisiones políticas tomadas lejos, muy lejos de quienes dependen de un tratamiento diario. En ese contexto, preguntarse por la continuidad no es alarmismo: es una forma lúcida de leer el mundo.

Mirado con atención, el sistema que sostiene el acceso a los tratamientos nunca fue tan sólido como parecía. Fondos internacionales, compras centralizadas, investigación científica y transporte global forman una arquitectura delicada, altamente sensible a los vaivenes políticos. Hoy, parte de esos recursos están siendo reorientados hacia prioridades militares, con gobiernos que deciden invertir miles de millones en defensa y armamento, desplazando otras áreas estratégicas. Esa readecuación no solo reduce los márgenes disponibles para la cooperación en salud y VIH, sino que también tensiona el desarrollo científico, que depende de financiamiento estable y colaboración internacional para avanzar.

No es la primera vez que algo así ocurre. Durante la pandemia de COVID-19, el mundo experimentó una incertidumbre de otra naturaleza, pero con efectos similares. La Organización Mundial de la Salud estimó que, solo en el primer año, los niveles de ansiedad y depresión aumentaron en torno a un 25 % a nivel global. No fue únicamente el virus lo que afectó la salud mental, sino la sensación de fragilidad del sistema, la interrupción de cadenas logísticas, la falta de certezas y la idea persistente de que lo cotidiano podía quebrarse en cualquier momento. El transporte marítimo —clave para el abastecimiento mundial de bienes esenciales— también mostró sus límites, con retrasos, bloqueos y condiciones extremas para quienes sostenían esas rutas invisibles.

Ese tipo de escenarios no se queda en los informes, se filtra en la vida diaria, en el cuerpo, en el ánimo. Vivir con un tratamiento crónico en un mundo que envía señales de inestabilidad sostenida genera un desgaste silencioso. La incertidumbre prolongada suele manifestarse como inquietud, dificultad para dormir, cansancio mental, hipervigilancia. No es una patología ni una falla personal, es una respuesta comprensible a un entorno que se percibe menos confiable y más tenso.

Además, la relación entre VIH y salud mental no es nueva ni marginal. ONUSIDA ha documentado que las personas que viven con VIH presentan mayores niveles de depresión, ansiedad y malestar emocional que la población general, y que estos factores influyen directamente en la adherencia a los tratamientos y en la calidad de vida. Por eso, integrar la salud mental al abordaje del VIH no es un gesto complementario, sino una condición básica del cuidado. En contextos de incertidumbre estructural, esa integración se vuelve aún más urgente.

Resguardarse, entonces, no significa negar la realidad ni dejar de informarse, significa poner límites para que la incertidumbre no lo ocupe todo. Elegir cuándo informarse, desde dónde y con qué profundidad, permitir pausas, no cargar en soledad preguntas que no tienen respuesta inmediata, cuidar la salud mental también es reconocer que no todo puede procesarse al mismo tiempo ni individualmente.

Porque cuando la inquietud se vive en silencio, pesa más. Lo colectivo sigue siendo, en este sentido, una de las formas más potentes de protección. Compartir dudas, cansancio o temor con otras personas que viven con VIH no amplifica la ansiedad: muchas veces la ordena, permite distinguir entre rumores y riesgos reales, entre lo que depende de decisiones estructurales y lo que puede sostenerse comunitariamente. Las comunidades vinculadas al VIH han cumplido históricamente ese rol: han sido espacio de información, contención y resistencia cuando el contexto se volvía hostil.

Cuidar la salud mental de las personas que viven con VIH en un mundo en tensión no es solo una tarea individual ni clínica. Es también una responsabilidad colectiva y política. Implica reconocer que la inquietud no surge del vacío y que no corresponde cargar en el cuerpo lo que es efecto de decisiones globales. Nombrar la incertidumbre, compartirla y ponerle bordes es, hoy, una forma concreta de cuidado. Y también, una manera de seguir viviendo sin dejar que el miedo escriba el final.


Fuente: CorresponsalesClave.