Placer y sexo para cada cuerpo

Las recientes cifras de infecciones de transmisión sexual en Chile —con un marcado incremento— trascienden la alerta epidemiológica para revelar un vacío cultural: la incapacidad colectiva de abordar el cuerpo y la sexualidad más allá del riesgo. La respuesta pública habitual insiste en la profilaxis, la medición del contagio y la evitación del peligro, perpetuando un modelo educativo enfocado en la obediencia y la prevención del daño. Sin embargo, resulta imposible cuidar un territorio que se ha enseñado a ignorar, disciplinar o esconder.

Por Facundo Ríos.

El autocuidado efectivo no nace del temor, sino del conocimiento y la apropiación de la propia corporalidad. En un escenario donde el cuerpo se convierte nuevamente en un disputado terreno político, la frontera entre proteger y controlar se vuelve crítica. La infantilización de la vejez y de la discapacidad, la estigmatización del trabajo sexual, la vigilancia sobre la diversidad sexogenérica y la tutela sobre los derechos reproductivos responden a una misma matriz: la negación de la autonomía.

Defender la salud sexual bajo el lema Every Body (cada cuerpo) exige desmontar los cercos morales que deciden qué cuerpos tienen derecho a desear, decidir y habitarse con dignidad. Una política pública madura debe superar la retórica del miedo para promover la soberanía corporal. Garantizar la salud sexual implica ofrecer información rigurosa, acceso a la atención sin juicio y herramientas para el ejercicio pleno del consentimiento, el placer y el autocuidado a lo largo de todo el ciclo vital. Un cuerpo que reconoce su valor y entiende su anatomía como espacio propio deja de ser susceptible al gobierno de la culpa, la vergüenza y el control social.

Hace un tiempo, realizando actividades de prevención y conversación con usuarios en el Cesfam de Santo Tomás, me tocó conversar con un hombre que se jactaba de estar “pringado”. Había sido diagnosticado con Sífilis a los 70 años y, lejos de vivirlo como algo vergonzoso, lo relataba con orgullo: para él, ese diagnóstico era también una forma de demostrar que había tenido sexo. La escena me hizo pensar en cómo las construcciones sociales sobre el cuerpo, la edad y la sexualidad pueden operar incluso cuando hablamos de autocuidado. No se trata solamente de conocer los riesgos biológicos de una práctica sexual, sino de contar con los elementos y las condiciones necesarias para tomar decisiones informadas sobre el propio cuerpo. Cuando la sexualidad de las personas mayores se vuelve invisible o se supone que el deseo desaparece con la edad, también se debilitan las posibilidades de hablar de prevención, placer y cuidado.

Superar la retórica del miedo es el primer paso para construir una sociedad donde el cuerpo deje de ser un espacio de tutela o disciplina social. Un cuerpo que conoce su anatomía, que reconoce su valor y se habita sin vergüenza deja de ser susceptible al control moral. Por eso, reivindicar la salud sexual implica ofrecer herramientas de cuidado integral que acompañen la vida en todas sus etapas y diversidades. La verdadera autonomía no se limita a evitar el daño: se materializa cuando garantizamos el acceso al conocimiento, la libertad de decidir y la posibilidad legítima de vivir el placer y el sexo para cada cuerpo.


Fuente: Elaboración propia.