Memoria, arte y VIH: lo que se construye en colectivo

Por Facundo Ríos.

Durante diciembre se desarrolló un taller de escritura que no buscaba aprender técnicas ni ordenar un relato “bonito”. La reunión, más bien, buscó abrir un espacio donde el arte funcione como un sostén compartido, una puesta en común de historias que, muchas veces, han debido cargarse en silencio. En ese cruce entre la escritura, el cuerpo y la escucha, las experiencias vinculadas al VIH dejaron de vivirse en soledad. Lo íntimo salió de lo privado no para ser explicado ni juzgado, sino para ser acompañado, sostenido y reconocido entre pares.

A lo largo del proceso se fue haciendo evidente algo que suele quedar fuera del relato público: cuando la memoria se trabaja en conjunto, el dolor deja de ser una carga individual y se transforma en experiencia compartida. Lo vivido se vuelve historia viva, saber que circula y, también, una forma concreta de resistencia. En ese gesto colectivo, escribir no fue solo narrar lo ocurrido, sino resignificar, ponerlo en común y afirmar que nuestras trayectorias —marcadas por el VIH— también construyen sentido, comunidad y futuro.

El taller se concibió como un espacio creativo y de cuidado colectivo para compartir experiencias en torno al VIH, trabajando desde la escritura dramatúrgica y la auto-publicación como herramientas de memoria, expresión y resistencia. El objetivo fue acompañar a las y los participantes en la transformación de vivencias personales —muchas veces relegadas al silencio o confinadas a lo privado— en relatos que pusieran en valor la historia seropositiva y las estrategias de sobrevivencia construidas a lo largo del tiempo. No se trató de exponer la vida, sino de darle un lugar digno, propio y compartido.

A través de ejercicios de escritura, lectura y edición colectiva, se exploró cómo el cuerpo, la experiencia y la palabra pueden convertirse en un archivo vivo. Cada texto fue trabajado con cuidado, respeto y escucha, entendiendo que escribir sobre VIH no es solo hablar del virus, sino también de vínculos, miedos, afectos, pérdidas y resistencias cotidianas. El proceso creativo culminó con una lectura dramatizada de los textos, interpretados por el elenco del proyecto, generando un cruce sensible entre testimonio, escena y transmisión de memoria, donde las voces encontraron otra forma de presencia.

Este espacio forma parte del proyecto Fondart Testimonios Virales, desarrollado por el Colectivo La Comuna y dirigido por Diego Agurto Beroiza y Santiago Rodríguez. La iniciativa trabaja con testimonios y archivos de personas que viven con VIH, así como de familiares, parejas, aliades, activistas y personal de salud, con el objetivo de construir colectivamente espacios de memoria y resistencia frente al ausencia de registro histórico. El proyecto dejará como producto la obra de teatro El Beso de Rock Hudson que se estrenará en junio de 2026 en el GAM, y se articula además con la investigación doctoral de Agurto en Goldsmiths, University of London, centrada en teatro comunitario y VIH.

Lo que se construye cuando no callamos

Nos reunimos para escribir, pero no para aprender técnicas ni para pulir relatos “correctos”. Nos reunimos porque había historias que necesitaban un lugar donde quedarse sin ser explicadas ni traducidas. En ese gesto simple —sentarnos juntas y juntos a poner palabras— el arte dejó de ser una herramienta individual y pasó a funcionar como un apoyo compartido, una forma de acompañarnos mientras abríamos memorias que muchas veces cargamos en silencio. La escritura apareció como excusa y como puente: entre generaciones, entre experiencias distintas del VIH, entre cuerpos que rara vez encuentran espacio para decirse sin miedo.

En ese intercambio entendimos algo clave: cuando las vivencias se trabajan en colectivo, el peso se comparte. Lo que dolía, lo que incomodaba, lo que costaba nombrar, empezó a circular. No para ser sanado ni cerrado, sino para ser sostenido entre pares. Así, lo íntimo salió de lo privado sin volverse espectáculo. Se volvió relato compartido, memoria viva, una forma de reconocernos en la experiencia del otro y de la otra.

A través de ejercicios de escritura, lectura y escucha, construimos un archivo sensible donde el cuerpo, la palabra y la experiencia se entrelazaron. Cada texto fue también una forma de decir “aquí estuvimos”, “así vivimos”, “esto también es parte de la historia del VIH”. La lectura dramatizada final no fue un cierre, sino una expansión: nuestras palabras pasaron a otros cuerpos, otras voces, y volvieron transformadas, confirmando que la memoria, cuando se trabaja en común, se multiplica y se vuelve fuerza.


Fuente: CorresponsalesClave.