Por Facundo Ríos.
Comunicar hoy es disputar atención en un territorio saturado. Vivimos inmersos en la llamada economía de la atención, donde los algoritmos deciden qué merece ser visto, cuánto tiempo y bajo qué lógica.
En este escenario, los temas complejos —aquellos que exigen contexto, memoria y reflexión— quedan rápidamente relegados frente a la espectacularización, la indignación instantánea o la desinformación lisa y llana. El VIH, la salud mental y los derechos humanos no solo compiten con otros contenidos, compiten contra un modelo comunicacional que simplifica, fragmenta y olvida.
Las fake news y los discursos de odio no aparecen por azar. Se insertan con facilidad en esta lógica, reforzando estigmas y debilitando la posibilidad de construir relatos colectivos. En ese marco, visibilizar las problemáticas que atraviesan a quienes viven con VIH se vuelve cada vez más difícil, no porque falten historias, sino porque faltan estrategias comunicacionales capaces de sostenerlas en el tiempo.
En ese contexto de tensión comunicacional, cobra especial relevancia lo ocurrido el pasado 5 de diciembre, cuando se realizó el Foro Medios que Previenen, organizado por la Plataforma Social con trabajo en VIH, salud sexual y derechos humanos. El encuentro convocó a periodistas, comunicadores y actores del mundo social en torno al panel “Medios y VIH: comunicación responsable, inclusiva y sin estigma”, con el propósito de abrir un espacio de diálogo crítico y reflexionar colectivamente sobre el rol estratégico que cumplen los medios tanto en la prevención del VIH como en la promoción de una educación sexual basada en derechos humanos.

Más que un intercambio técnico, el foro dejó al descubierto un diagnóstico inquietante: el VIH ha sido desplazado hacia los márgenes del debate público, tanto en su dimensión política como en sus representaciones mediáticas. Hablar del tema sigue siendo necesario, pero no suficiente. No basta con “hablar bien” si no existe una mirada crítica que conecte la comunicación con las condiciones materiales, sociales y emocionales en las que viven las personas.
Durante la conversación quedó claro que comunicar sobre VIH no puede reducirse a campañas aisladas ni a mensajes bienintencionados. Requiere planificación, lectura del contexto y, sobre todo, voluntad política. En un ecosistema mediático marcado por la fugacidad y la sobreexposición, la prevención y la educación sexual quedan atrapadas en una lógica de lo urgente, pero no de lo importante.
Desde mi experiencia y mi trabajo creando acciones para comunicar con lenguajes como el performance, compartí una reflexión que cruza memoria, activismo y comunicación:
“Volver a lo análogo puede ser estrategia. La calle, el cuerpo, la presencia compartida interrumpen la lógica del scroll. No se pueden adelantar ni pausar. Exigen estar. Ahí los lenguajes artísticos son herramientas ¿Y si captar la atención ya no fuera el objetivo, sino reaprender a encontrarnos?”. – Facundo Ríos.
En tiempos donde la economía de la atención fragmenta, acelera y banaliza incluso las urgencias más profundas, captar el foco ya no puede reducirse a competir por visibilidad. El desafío hoy es político: cómo sostener lo común cuando los algoritmos individualizan, distraen y producen olvido. Volver al cuerpo, a la calle y a los lenguajes artísticos no es un gesto nostálgico, sino una forma de resistencia. La acción colectiva, la performance, la presencia compartida interrumpen el barrido continuo de la pantalla y producen experiencia, memoria y afecto. Ahí, más que informar, se trata de implicar; más que viralizar, de sostener; más que gritar, de crear espacios donde la atención no se consuma, sino se cuide.
La memoria no es un ancla al pasado, es una herramienta política. En un contexto donde el VIH parece quedar fuera de la agenda, recordar las luchas de la sociedad civil, los avances conquistados y los retrocesos posibles es una forma de resistencia frente al olvido programado que impone la economía de la atención.
Hoy, cuando la desinformación circula con rapidez y el debate público se vuelve cada vez más hostil, sostener lo común se vuelve un acto profundamente político. Implica defender espacios de encuentro, fortalecer redes y apostar por una comunicación que no renuncie a la complejidad, incluso cuando el entorno empuja a lo contrario.
La pregunta ya no es solo cómo comunicamos, sino para qué y con quiénes. Frente a un escenario de fragmentación, individualismo y discursos de exclusión, la respuesta sigue estando en lo colectivo. Comunicar desde ahí —con ética, memoria y compromiso— no es solo una estrategia: es una forma de cuidar la vida y disputar el futuro.















Fuente: CorresponsalesClave.

