VIH/SIDA

La batalla de los jóvenes con sida

Hoy todos coinciden en que el VIH está descontrolado en Chile. Entre 2010 y 2015 los casos aumentaron en un 66%, 15 personas se infectan por día y siete de cada diez tienen menos de 30 años. El diagnóstico parece claro: falta de educación sexual, una prevención deficiente y poca prioridad política. 

—No recuerdo haber visto nunca una campaña televisiva en mi infancia. Creo que entendí lo que era el sida cuando vi la película Philadelphia, que pillé un día en la tele. Yo era un adolescente y me dejó muy asustado. Luego leí a Lemebel, que también hablaba del sida…

¿En el colegio no te hablaron de eso?

—No, en el colegio menos. Sólo te hablaban del embarazo.

Ahora es él, Diego, quien habla del tema. Tiene 28 años y estudia Pedagogía por las tardes. Por las mañanas, en cambio, trabaja como voluntario en la Red OSS, una ONG en Conchalí que apoya a personas con VIH. Él mismo se enteró en ese lugar de que tenía la enfermedad. Ahora está sentado frente a una mesa en un departamento de Providencia, junto a otros dos jóvenes que acaba de conocer: Sebastián, de 20 años, que estudia Psicología en una universidad del barrio alto, y Miguel, de 27, que trabaja por las noches en una tienda del retailer.

Afuera, la mañana está algo brumosa, y adentro están ellos, tratando de entender el porqué. Por qué este país, por qué en estos años. Conocen bien la cifra que dio la alarma en Chile: entre 2010 y 2015 aumentaron un 66% los casos detectados de VIH. El crecimiento más alto del continente y una de las tasas de incidencia más altas del mundo. La gran mayoría de los infectados —siete de cada diez— son como ellos tres, jóvenes de entre veinte y treinta años.

—Yo supe qué era el sida en primero medio —dice Sebastián, que creció en la Sexta Región y se contagió a los 18, unos meses después de llegar a Santiago—. Nos pidieron hacer una tarea sobre anticonceptivos, y quise averiguar los riesgos de tener relaciones entre hombres. Ahí vi unos dibujos sobre el peligro de compartir sangre, de la penetración, de las inyecciones, pero tampoco encontré mucho más. En mi colegio era algo tapado, no se tocaba el tema.

—En el mío también. Yo estudié en un particular-subvencionado de La Florida. Y no es que no existiera la educación sexual, pero era muy heterosexual. Los colegios son muy conservadores—dice Diego.

—En el mío había campañas contra el embarazo, pero nunca vi un letrero que dijera “cuídate de las enfermedades de transmisión sexual” —responde Sebastián—. Al menos cumplimos con lo del embarazo, ¿no?

Los tres ríen, irónicamente, y Miguel, quien llegó hace un año a Chile, dice:

—Me parece increíble. En mi país es totalmente distinto. Que te cuides del sida es lo primero que te dicen en el colegio, en la parroquia, en todos lados. Antes de graduarte del colegio y de la universidad tienes que hacerte el examen. Por eso a mí se me cayó el mundo encima cuando supe. Se me derrumbó todo… después de haberme cuidado tanto durante toda mi vida…

Diego y Sebastián lo miran con compasión. De los tres, es él quien se contagió hace menos tiempo, apenas cuatro meses atrás. Todavía le cuesta hablar del tema, y le molesta escuchar insinuaciones de que son los inmigrantes quienes traen la enfermedad al país, cuando las cifras dicen que apenas un cinco por ciento de los casos corresponden a inmigrantes.

Él, que es ecuatoriano, lo sabe bien. Se contagió de un chileno.

Dearmy Aguilar, de 34 años, murió el 19 de julio de 2008. Fue una muerte fulminante: tres semanas antes había llegado al Hospital de Iquique por una neumonía violenta. Ahí, entonces, le dijeron que tenía sida, y que la infección corría por su cuerpo hacía años. Pero ella no lo sabía; a pesar del chequeo que se había hecho cuatro años antes, a pesar de visitar ese hospital cada vez que se enfermaba. Su marido, Juan Sarabia, tampoco. Lo supo, de hecho, ese mismo día. Pero ya era tarde: tres meses después él también moriría por la enfermedad.

Luego, se daría a conocer que existían otras 25 personas en Iquique cuyo diagnóstico no había sido comunicado, a pesar de haber dado positivo. El escándalo provocó la renuncia de la ministra de Salud, María Soledad Barría, pero los problemas sólo estaban comenzando. El incidente puso en duda todo el sistema de detección de VIH. Semanas después se eliminarían los “consejeros primarios”, parte del equipo médico de los hospitales que acompañaba a los pacientes antes y durante sus exámenes. Poco después, le tocaría a los “consejeros secundarios”, personas de ONGs que asesoraban a quienes eran notificados de que tenían la enfermedad. La red de acompañamiento, en poco más de un año, fue quedando desmantelada.

El presupuesto para atacar el VIH/sida en nuestro país siempre ha sido nebuloso. En ese tiempo, la mayor parte del dinero invertido era administrado por el Consejo de las Américas, una institución creada en 1993 como un acuerdo entre Estados Unidos y Chile para avanzar en el desarrollo sostenible del país, que gestionaban los dineros del Fondo Mundial de Lucha contra el Sida. El presupuesto total destinado a Chile, de 2003 a 2011, era de US$ 39 millones.

Con ese dinero se lograba financiar, por ejemplo, el 40% de las terapias efectuadas en el país, además de formar educadores comunitarios y buena parte de la investigación. Permitía, también, sostener la existencia de Asosida, un grupo de 120 ONGs que mantenían distintos programas sociales relacionados al sida, y también de la red Vivo Positivo, alrededor de 48 agrupaciones de gente viviendo con VIH que se encargaban del acompañamiento secundario en todo el país.

A pesar de que era un proyecto que debía funcionar hasta 2011, los fondos no se ocuparon del todo. Antes de terminar 2008, el Servicio de Impuestos Internos inició una investigación contra tres directivos del Consejo de las Américas por apropiación indebida de fondos. En marzo de 2009, fueron formalizados por un desfalco de 150 millones, que eran parte de los dineros destinados a los programas de sida. Entonces, el Fondo Global decidió cerrar todos sus programas e irse del país.

Marcos Becerra, de 53 años, observó con desamparo cómo todo lo que habían logrado se iba desintegrando. Tenía 23 años cuando ingresó a la Corporación Chilena contra el Sida —hoy Acción Gay—. Entonces era 1987: sólo tres años antes había estallado la primera epidemia en Chile.

En ese tiempo, la vida y la muerte dependían más bien del azar:

—Las terapias se rotaban. Mujeres y niños primero. Si moría alguien, el tratamiento se sorteaba en una tómbola. Hacíamos colectas, comprábamos latas de bebidas, de cervezas y las vendíamos por kilo para pedir tratamientos a Miami. Así se trataba de subsistir al sida.

Por eso a Marcos Becerra le dolió ver cómo se acabó el dinero y cómo también, después de sobrevivir a años de miseria, el futuro de sus cercanos volvía a ser incierto. Sin dinero, casi toda la red de organizaciones no gubernamentales se desarmó y los grupos de apoyo de Vivo Positivo se desintegraron. La mayor parte de las ONG tuvieron que dejar de funcionar.

El dirigente Vasili Deliyanis, uno de los fundadores de Vivo Positivo, recuerda:

—Desde entonces, el sida quedó fuera de las políticas públicas, no hubo inversión. Murieron las organizaciones, murió la red de apoyo. La sociedad civil que subsistió el 2010 se dedicó a otros temas: la ley de no discriminación, la unión civil, la identidad de género, el matrimonio igualitario. Pero se les olvidó el sida. Antes estábamos en todos lados.

Desde entonces, nada volvería a ser igual. El terremoto, ese verano, acabó con la esperanza de más financiamiento. Mientras el virus retrocedía en el mundo, en Chile comenzaba a avanzar.

—Yo me sentía parte de la comunidad que nunca iba a contagiarse —dice Sebastián—. Le tenía pánico a la enfermedad, pero a la vez la sentía como algo muy lejano…

Nadie hubiera dicho lo contrario: en cuarto medio, a raíz de lo que había aprendido por sí mismo sobre el VIH, se acercó a un Centro de Salud Familiar de su localidad, se informó del tema, se hizo el examen e incluso fue a colegios municipales a dar charlas sobre prevención.

—Cuando me enteré fue muy chocante. Fue mi culpa, porque en ese punto yo sabía cómo te contagiabas. Ni podría decir cuándo fue, creo que pasó una noche que me curé y no recuerdo mucho. Un día me fui a hacer un chequeo general, y me dijeron que fuera a buscar los resultados en persona. La enfermera me dijo: “Te salió VIH positivo, firma aquí y te avisamos si se confirma”. ¡Eso fue todo! Ni siquiera: “Esto va a tener solución, tranquilo”. Nada. Yo me puse a llorar, salí de la clínica y no sabía cuánto demoraban los resultados ni a dónde ir._Me quería morir.

 

—El primer mecanismo de defensa es la negación, siempre —dice Sebastián.

—Y cuando sale negativo también es necesario estar presente —sigue Diego—, porque la persona está asustada y le puedes hacer el clic para que se cuide. Hoy si vas a hacerte el examen te recibe una matrona que está atendiendo a otras cien personas. Cuando yo supe que era positivo, fui a la psicóloga del Hospital Dr. Lucio Córdova, en San Miguel, y me hizo sentir supermal. Me dijo que era mi culpa, por la vida sexual que llevaba. Nunca más fui. Ese momento es superdifícil. Necesitas ayuda para tranquilizarte y empezar a tomar la pastilla todos los días.

Eso es lo más difícil, coinciden los tres: acostumbrarse a los efectos de los medicamentos contra el sida. Cuando comenzaron el tratamiento, necesitaron meses para hacerlo: Diego no podía dormir por las noches, Sebastián la vomitaba, Miguel estaba cada vez más débil.

—Me costó mucho, tenía náuseas, sentía que se me caía el pelo. Pero hace pocos días tuve mi último control y gracias a Dios ya estoy indetectable —dice Miguel.

Indetectable es un paciente de VIH que, al realizar bien su tratamiento, logra que su carga viral llegue a niveles tan bajos que deja de ser contagioso.

—¿Ustedes también lo son? —pregunta Miguel.

—Yo sí, y fui muy feliz el día que me enteré —responde Sebastián.

Diego asiente con la cabeza y, de pronto, al mismo tiempo, los tres sonríen.

—Antes era obligación que te dieran una consejería —dice Diego—. Y eso es clave. Nosotros en la ONG los contenemos, los llamamos, los perseguimos para que vuelvan. Muchos no pueden aceptarlo, queman el papel y no vuelven más. Eso pasa mucho. El año pasado recibimos a un chico con una infección a la piel que llevaba cinco años diagnosticado y no se había tratado.

 

Una tradición médica hizo que el sida determinara su vida. En 1984, cuando la doctora Laura Bahamondes, de 27 años, ingresó al Hospital Dr. Lucio Córdova como infectóloga, existía un acuerdo implícito entre pares: los médicos jóvenes debían hacerse cargo de las infecciones emergentes. Entonces conoció el sida; los desafíos, los tropiezos y las penurias.

Conoció, por ejemplo, que era una enfermedad que arrebataba la vida despacio; con la determinación de apagar un cuerpo de a poco, si no se somete rápido a tratamiento. El VIH, al infectar las células del sistema inmunitario, altera su funcionamiento y genera, de manera progresiva, su deterioro. El sida, en cambio, es un estadio más avanzado de esa enfermedad. Desde 1990 a 2011, por esa infección maldita, han muerto 67.842 personas en Chile.

 

—En 33 años de epidemia lo que conseguimos es que las cifras sigan aumentando —dice la infectóloga—. Hoy, de manera radical, es urgente poder conocer los cambios conductuales que ha habido en la población. El testeo, por ejemplo, no se implementaba más allá de urgencias.

En Chile, a diferencia de otros países en el mundo, según los datos del ISP, el 90% de la transmisión del virus es sexual. Entre 2010 y 2015, se registraron 21.856 nuevos casos en nuestro país. La gran mayoría de ellos son hombres jóvenes, que se contagian mayormente por tener relaciones homosexuales. Las mujeres, en cambio, no son más del 13 por ciento del total.

—En Chile es una epidemia focalizada. El lado bueno es que podrías reconocer un nicho donde actuar, pero son jóvenes invisibles para los sistemas de salud: por un lado, sufren estigmatización y, por otro, no hay programas que aborden esa edad. El hombre va al doctor de niño y cuando es adulto mayor —dice Bahamondes.

Actualmente, el Minsal compra 15 millones de preservativos y dos millones de lubricantes al año, pero no tienen gran efecto sobre la población de riesgo. Por otro lado, el VIH es la segunda patología de las GES que genera más gasto en salud: sólo en terapias antirretrovirales, se gastan cien mil millones de pesos anuales. Y la cifra no hace más que seguir creciendo.

Los expertos suelen decir que parte del problema está en que los jóvenes hoy le perdieron el temor a una infección que dejó de ser mortal, pero no existe una sistematización en Chile que permita diagnosticar qué está ocurriendo realmente en la juventud. El último estudio que se realizó para conocer los comportamientos sexuales de los jóvenes es de hace casi 20 años.

Marco Ruiz, observador de Políticas Públicas en VIH de la Fundación Savia, lo explica así:

—Cuando no sabes cómo cambian las prácticas sexuales en tanto tiempo, no tienes claro a dónde apuntar o a dónde encender una alerta social. Tus programas están destinados a respuestas poco concretas, a que las campañas de prevención no den en el clavo, a que a la gente no le interese.

El doctor Alejandro Afani, director del centro de VIH de Hospital Clínico de la U. de Chile, asegura que el Minsal conocía mucho antes de este año las cifras del explosivo aumento del sida en Chile. Casi tres años atrás, él mismo les advirtió que el tema iba a estallar.

—Sin embargo, no se tomaron las medidas —dice—. Ahora es difícil llevar a cabo en pocos meses lo que no se hizo en años.

El Jefe Nacional del Programa de Prevención VIH/Sida del Minsal, Edgardo Vera, a diferencia de otros expertos, cree que la situación no está del todo descontrolada:

—Pero sí debemos hacer cambios importantes para generar una política mucho más efectiva que la que estábamos realizando. Tenemos que hacer una renovación de las políticas, para implementar una que pueda llegar realmente a las poblaciones donde se está concentrando la epidemia.

En 2013, Edith Ortiz, la antecesora de Vera hasta abril de este año, entregó un informe a la ONU en el que enumeró las falencias del sistema, y calificó con un 4 los esfuerzos de planificación en estrategias de VIH y un 5 el apoyo político, en una escala del 1 al 10. Qué Pasa pidió una entrevista con Ortiz, quien actualmente se desempeña en el área de estudios del Sida del Minsal, sin embargo, fue negada. También se pidió conversar, presencial o telefónicamente, con la Ministra de Salud, Carmen Castillo pero se señaló que no tenía disponibilidad para responder.

—Voy a ser sincero —dice Miguel, agobiado—. Nadie en mi familia sabe de mi enfermedad. Estuve muy mal, pero les dije que tenía amigdalitis. Quiero que mi familia viaje a Chile para poder decirles en persona. Que vayan conmigo al doctor, que entiendan del tema.

¿Y les contaste a otras personas?

—No, aquí en Chile no sé qué reacción pueda tener la gente. Me da miedo que me quemen vivo, que me rechacen. Si alguien se enterara en mi trabajo, se me caería el mundo. Yo soy una persona muy sociable y perdería todo contacto con la gente. ¿Sabes por qué? Porque la gente no está informada y cree que si te toca se va a contagiar. Sería perderlo todo.

—Tranquilo, amigo… —le dice Sebastián—. Mi papá tampoco lo sabe, y es verdad que hay mucha desinformación, incluso entre los jóvenes. Yo hace poco di una charla en mi universidad y creo que cacharon que tenía VIH. Pero cuando pregunté quién se había hecho el examen, ninguno de los cuarenta en la sala se lo había hecho. Mi universidad es de clase alta y no se habla del tema. Piensan que por vivir en Las Condes no se van a contagiar.

¿Las campañas no funcionan?

—Yo vi la última campaña, hace cinco meses, después de que me contagié. Andaba por todo Santiago un condón amarillo, recordándote que te cuidaras y que te hicieras el examen, porque ya se sabía que las cifras habían aumentado mucho, y yo era parte de ellas.

—Llegó tarde —dice Diego.

—Sí… y el año anterior ni hubo campaña. Supongo que nadie quiso pagar.

—Yo creo que no funcionan porque el gobierno no se atreve a relacionar el sida con el deseo —dice Diego—. Solo lo relacionan con la muerte. En otros países no es así, las campañas tienen más que ver con el placer, y eso es relevante, porque si solo te dicen “ocupa el condón para no morir”, al final lleva a que mucha gente no se haga el examen porque le da miedo.

¿Miedo de saber la verdad?

—Sí, ahora los expertos dicen “los jóvenes perdieron el miedo”, pero yo creo que los jóvenes tienen tanto miedo que no se atreven a hacerse el examen. ¿Sabes dónde suceden los contagios? En cafés que tienen cuartos oscuros, en saunas, en cines porno, en fiestas con drogas. No es por discriminar, pero los números demuestran que la mayoría de los contagios se dan entre hombres, entonces el Estado tiene que ir a los lugares específicos donde ellos tienen sexo.

¿Qué deberían decir las campañas?

—Tienen que hablar de sexo, de homosexualidad. Tienen que estar en Grindr, en páginas porno, llegar a donde tienen que llegar. ¿Tú crees que por ponerte afuera de la iglesia o por pasar un comercial después de la teleserie turca vas a lograr algo? Tienen que apuntar a su público específico. Pero las hacen para masas que no saben ni quiénes son. Las campañas hoy no apuntan a los jóvenes. Son para todos y para nadie. Por eso no funcionan.

Si bien nadie parece tener claro cómo se detendrá la epidemia de sida en Chile, hay algo en que todos los expertos coinciden: la falta de educación sexual es, sin duda, una de las razones que la explican.

Poco antes de que terminara el primer gobierno de Bachelet, la ley 20.418 estableció que la educación sexual debía ser una garantía para todos. Sin embargo, en Chile no existe una política clara sobre cómo ni con qué contenidos plantearla, ni tampoco ha sido una preocupación dentro del debate de la reforma educacional.

El último hito en la materia ocurrió en marzo de 2011, cuando el gobierno de Piñera creó el Portafolio de Programas de Educación Sexual y Afectiva, que incluía siete programas distintos de educación sexual para los establecimientos, desde algunos que llamaban a la abstinencia hasta otros más liberales. Uno de ellos, incluso, tuvo que ser modificado por tratar la homosexualidad como un “trastorno”. El gobierno abrió un fondo único, que llegó a 561 millones de pesos, para que los establecimientos postularan para capacitar hasta a tres profesores en el que quisieran. En total, 467 establecimientos lo hicieron, según el Primer Informe de Salud Sexual, Salud Reproductiva y Derechos Humanos de la ONG Miles Chile. Hoy, el colegio que quiera acceder a uno debe pagarlo.

Qué Pasa pidió hablar con un funcionario del Ministerio de Educación, específicamente con Andrés Soffia, coordinador de la Unidad de Inclusión y Participación Ciudadana, para entender qué hace el ministerio hoy en materia de educación sexual, pero las preguntas no fueron contestadas.

De acuerdo a una encuesta realizada por el Instituto Nacional de la Juventud en 2014, un 36% de los jóvenes evaluaron su educación sexual como regular o muy mala. Además, solo el 6% señaló usar condón para prevenir el VIH.

El doctor Carlos Beltrán, director de Sida Chile, dice:

—Lo que estamos viendo es consecuencia de la falta de educación sexual de hace diez años. Hay un fracaso completo en la prevención. Las medidas que se tienen que tomar ahora son a corto plazo, sin perjuicio de que la educación en salud sexual tendría que haber comenzado desde los niveles más básicos. El problema es que esas medidas no detendrán la epidemia de hoy.

Edgardo Vera, jefe nacional de prevención del sida del Minsal, reconoce que existe una deuda pendiente, ya del todo palpable, en políticas de educación sexual.

—Hay un debe en educación, y es importante que se reconozca, en cómo los establecimientos generan sus proyectos educativos. Independiente de su visión valórica, es un tema de salud pública. La pregunta que debemos hacernos es qué pasó con estos jóvenes cuando tenían menos de 20 años, con todos los planes de educación sexual que debimos haber implementado. Está en la ley que todos, públicos y privados, deben aplicarlos.

Las medidas para intentar frenar la epidemia, por ahora, están en el terreno de la salud. A partir de este año los pacientes con VIH ya no deberán presentar un recuento de linfocitos —las defensas del organismo— menor a 350 para acceder al AUGE, como establecía el convenio, lo que generaba que muchas veces la enfermedad ganara demasiado terreno. Apenas un paciente sea detectado, tendrá derecho a tratarse inmediatamente. Además, ya se está comenzando a aplicar capacitación para testeos rápido en los consultorios de la red asistencial. La interrogante es si el sistema tendrá la capacidad y los especialistas necesarios para recibirlos a todos.

—Nos han aumentado considerablemente los pacientes en este tiempo —dice la infectóloga Laura Bahamondes—. Nos preparamos incrementando las horas médicas, redistribuimos horario, el uso de los box. Nos vamos a ver sobrepasados.

Las estimaciones dicen que sólo este año podrían infectarse otras cinco mil personas. A una velocidad de 15 cada día, como cada día desde que el sida se volvió a descontrolar en Chile.

¿Quién es el principal culpable de la epidemia?             

Diego, Sebastián y Miguel se miran, piensan un segundo.

—El gobierno pudo haber tomado medidas para prevenirla —dice Sebastián, al fin—. También pudo enfocar mejor sus campañas contra el VIH. Pero no es solo culpa del gobierno, también está la responsabilidad personal, y la responsabilidad de las familias. Los padres saben que tienes que cuidarte, pero no te hablan de la enfermedad, no te enseñan a ponerte un condón. No conozco a nadie que al papá le haya enseñado a ponerse el condón. Todos aprendemos en la práctica, con la adrenalina a cuatro mil. Y así se te olvida… así se produce el contagio…

Los demás asienten. De cierta forma, es la historia de todos.

—Y es un contagio silencioso, porque tú te metes con alguien una vez, y luego con otro. Y cuando te haces el examen, ya no sabes quién fue, ni a quién contagiaste tú.

¿Por qué quisieron conversar hoy?

—Porque aquí podemos mirarnos a la cara, entender qué es lo que nos afecta

—dice Diego—. Estas instancias de reconocimiento entre pares son muy necesarias, no hay nada más preventivo. Entre nosotros nos tenemos que ayudar a perderle el miedo al test. Yo tenía miedo a saber mi resultado, y cuando al final lo hice ya estaba en etapa sida… hay que hablar del tema, conversar de lo que está pasando en tu casa, con tus amigos.

En Chile, el 38% de los jóvenes detectados llegan, como Diego, ya en etapa sida.

—Yo quería decirles a otros chicos que no están solos —dice Sebastián—, que los tratamientos están mejorando, que tenemos que parar la epidemia. Para esto no hay una cura, pero tenemos que detenerlo. Yo les digo a mis amigos: “Oye, cuídate”. A mí se me derrumbó el mundo pero me levanté otra vez con esto, que es para toda la vida. Es una mochila que no es fácil cargar al principio, como cuando te mandan al primer día de colegio y no sabes cómo te van a tratar.

Los demás asienten y Sebastián parece emocionado. Afuera es mediodía.

—Y los colegios tienen que entender que pedimos educación sexual bien hecha, pensada para la diversidad, para el mundo de hoy —dice Diego—. A los jóvenes nos miran como si hubiéramos vuelto a inventar el VIH, pero ¿qué posibilidades nos dieron? Tienen que asumir su responsabilidad. El Estado tiene que ponerse al día con lo que pasa ahora. No puede ser que un municipio saque por fin un manual que habla de sexo oral, de lesbianas, de trans, y la presión de los grupos conservadores lo termine quitando…

Miguel, que lleva un rato pensativo, dice:

—Yo sólo quería conocer a otros con mi condición. No conocía a nadie más. Quería hablar con alguien que me entendiera, tener amigos. Y puedo confiar tan abiertamente en ustedes… porque sé que están pasando lo mismo que yo, que estamos viviendo la misma historia.

Diego y Sebastián lo miran conmovidos. Diego saca su smartphone, y le muestra un grupo secreto de Facebook que creó una semana atrás, la primera red de jóvenes chilenos viviendo con VIH. Sueña con organizarlos, con formar una comunidad, con hacer un primer encuentro nacional.

Pero no es fácil: hasta ahora, sólo ha conseguido que cuatro muchachos se atrevan a entrar al grupo. Todos los demás viven con demasiado miedo como para asumirse frente a sus pares. Esta mañana, sin embargo, sabe que sin buscarlos ha encontrado dos compañeros.

 

Autores: Nicolás Alonso y Carolina Sánchez // Fotos: Mabel Maldonado

Fuente:  http://www.quepasa.cl/