Columnas de opinión

La lucha de los sindicatos de trabajadoras sexuales

Quienes se dedican al oficio más antiguo del mundo, llevan más de dos décadas organizadas. El reconocimiento de sus derechos sexuales y laborales son sus principales gritos de guerra.

Por Ana Bolena –  Foto: www.redtrasex.org CONTINTANEGRA

 

Anatomías altas, bajas, gordas, flacas, pelirrojas, caribeñas, travestis, morenas, rubias o teñidas, las trabajadoras sexuales son, al igual que el resto de las mortales, de distintos fenotipos y gustos. En Santiago, puedes encontrarlas en night clubs, catálogos de escorts,discotheques, internet, teléfonos, redes sociales y, por supuesto, la calle.

Donde los derechos humanos se los llevó el viento, la rabia de -las mal llamadas- “putas” tomó fuerza. Transformando su herida en conciencia de clase y su grito en politización, parieron bajo la oscuridad santiaguina dos sindicatos de trabajadoras sexuales.

Las guerreras que se desempeñan en tal noble lucha, enfrentan a diario las adversidades heredadas por el machismo. Para quienes encabezan los sindicatos, defender el trabajo del resto de sus compañeras significa luchar contra el imaginario de la mal llamada “prostitución”. Ellas no transan el cuerpo, sino el servicio del placer.

El primer ángel caído

Hasta 1993, Ángela Lina se paraba todas las noches en calle Emiliano Figueroa para ganarse el pan. Ese mismo trabajo selló su destino, siendo brutalmente asesinada y arrojada a una carretera capitalina.

Después de ese trágico incidente, sus compañeras levantaron la Asociación por los derechos de las mujeres “Ángela Lina”, el primer sindicato de trabajadoras sexuales en el país. Luego de cinco años de existencia, se unieron sociólogos y abogados. Era el minuto de evolucionar a un organismo interdisciplinario. Nació así Fundación Margen en 1998.

“Un día de reunión decidimos ampliarnos para tener diferentes áreas de apoyo, ya que llegaban a nosotras mujeres pobladoras y profesionales a pedirnos apoyo”, confiesa Herminda González (50), su actual presidenta y representante nacional de la Red de Trabajadoras Sexuales de Latinoamérica y el Caribe (RedTraSex).

Habiendo comenzado su carrera como vedette en el mundo del trabajo sexual, hoy está retirada de las pistas. Pero su rol como dirigenta fue marcado, desde el comienzo, por los estigmas sociales de ser “puta”. Como anécdota, recuerda cuando la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) las reconoció como organización.

“Muchos de nuestros compañeros creían que íbamos a delatarlos porque algunos eran nuestros clientes. En un principio fue heavy, pero al poco tiempo nos respetaron”, agrega González.

Te recuerdo, Amanda

Era el año 2000 y Amanda Jofré pertenecía a Traves Chile, organización encargada de avanzar y visibilizar la realidad transgénero. Sin embargo, su espíritu político se apagó cuando cayó en manos de Winston Michelson del Canto, ex químico de la DINA que fabricaba por esos días la cocaína sintética, polvo blanco que hoy es vendido en las poblaciones.

Si bien los diarios de la época precisaron que su deceso ocurrió a causa de un cuadro de sobredosis, la muerte real de Amanda fue a causa del edema pulmonar producido después de una asfixia generada tanto por dormir artificialmente y la inyección del químico éter. Así, fue encontrada el 24 de noviembre del 2002 en el departamento de Michelson. Cinco años después, fue absuelto de los cargos por cuasidelito de homicidio en el 17° Juzgado del Crimen de Santiago.

Con la intención de hacer frente a la vulneración de los derechos humanos y la violencia transfóbica de grupos organizados y carabineros, nació el Sindicato Nacional Independiente de Trabajadoras Sexuales Travestis, Transgéneras y Otras “Amanda Jofré” el año 2004, teniendo como presidenta a Alejandra Soto (40). Trabajan por el respeto a las personas que realizan el trabajo sexual. “En nuestro mundo, es la única integración laboral que permite generar ingresos más fácilmente. Por eso nos formamos como sindicato”, confiesa la mujer de blonda cabellera.

Con once años de experiencia, hoy se reúnen en el Centro de Información y Apoyo para la Prevención Social del VIH/SIDA (CRIAPS), edificio dependiente de la Seremi de Salud Metropolitana. También trabajan junto a Policía de Investigaciones y la IV Comisaría de Santiago.

 

La cruz y la corona de espinas

Una de las formas de hacer frente a la violencia hacia las trabajadoras sexuales trans, es la lucha por reconocer su identidad de género en la cédula de identidad. (En la imagen: Alejandra Soto en la campaña organizada por Amanda Jofré)

Ser trabajadora sexual significa vivir en un constante vía crucis. Lo haces en el espacio público y nadie puede ayudarte ante la humillación policial y civil.

La tortura comienza cuando se realiza el control de identidad. Carabineros conoce los barrios típicos donde se ejerce el oficio y la situación de quiénes lo ejercen. “Hay casos cuando los funcionarios te piden ‘la pasada’ gratis si no tienes la documentación al día. Eso les sucede mucho a nuestras compañeras migrantes, quienes terminan accediendo al sexo sólo para que no las deporten”, asegura la presidenta de Margen.

Pero para las transexuales, el peligro se multiplica. Ante una inexistente Ley de Identidad de Género, el procedimiento se vuelve más humillante por el sólo hecho de salir con nombre y sexo masculino en la cédula. El requise de preservativos y vestimentas es la antesala para la humillación a cuerpo desnudo.

“Hay mucho bullying por parte de carabineros. Si ya nos sentimos pasadas a llevar en el trabajo, en esos minutos te cuestionas por qué no pudiste acceder a otra pega; pero es la única integración laboral que tenemos actualmente”, confiesa Soto con indignación.

Ser víctima de asalto en el horario es algo habitual. Incluso, sus victimarios pueden ser sus propios clientes. Este hecho se duplica nuevamente en las compañeras de Amanda Jofré, ya que “la mujer transexual es más apetecible que la bio mujer, sobre todo si es guapa, tiene entre 18 y 20 años y su feminización de cuerpo está lista”, informa su presidenta.

Problemas con la salud pública

Comúnmente se asocian las infecciones de transmisión sexual (ITS) con el mundo de las trabajadoras sexuales, donde gran parte de la sociedad las responsabiliza de portar el Virus de la Inmunodeficiencia Humana (VIH). Sin embargo, las cifras dicen lo contrario.

Conjunto a Margen, en 2012, el Observatorio de Políticas públicas en VIH Sida y Derechos Humanos de la Fundación Savia arrojó que un 76,4% de las trabajadoras sexuales encuestadas no padece ninguna ITS.

“A nosotras se nos dice que somos focos de infección, pero hoy las estadísticas dicen que no somos las mujeres que vivimos con VIH. Las compañeras, como ganan plata, se cuidan y asisten a un servicio particular. No se exponen a la humillación en centros de salud pública”, agrega la dirigenta.

A pesar que el control de salud sexual (ex carnet sanitario) dejó de ser obligatorio desde el 2007, muchas de ellas denuncian la discriminación que sienten al enfrentarse a las Unidades de Atención y Control de Salud Sexual (UNACESS).

Nancy Gutiérrez (53) es otra activista histórica de Margen y es quien contacta a las chicas para cambiarles elswitch. Ella junta un grupo y pide las horas con anticipación. El tiempo de una trabajadora sexual es oro.

“Si va una compañera sola a hacerse un control, le dan hora para un mes. Cuando yo las llevo, lo hacen de inmediato. Ellas pueden perder un cliente en el momento que vamos allá”, sostiene.

No obstante, la transfobia y la falta de formación para el sector trans resulta ser un problema. Su falta, según Soto, las deja más vulnerables a diferencia de las bio mujeres.

“La gran culpa es del Minsal porque en los centros no hay personas capacitadas para la población transexual. Ni siquiera existe un área donde nos reciban a hacer el testeo”, asegura.

Más aun, la calle no es el único lugar donde una trans puede contraer el VIH. A pesar de la constante promoción del autocuidado que realiza Amanda Jofré, hay clientes que obligan a las trabajadoras a no usar preservativo. Para qué decir cuando se van detenidas.

“Cuando sucede aquello, somos llevadas a centros de detenciones como Santiago 1 o la Penitenciaría. En ambos lugares, hay calles donde las trans son violadas por portadores del virus”, asegura.

Por una ley de trabajo sexual

Además de la sociedad, el sistema político y jurídico, en torno a las trabajadoras sexuales, es refractario. Independiente de las ambigüedades leguleyas, el aparato sí sanciona figuras como la trata de personas y la explotación sexual infantil.

Dado a la falta de regulación, quienes se dedican a este arte no pueden declarar sus ingresos, pertenecer a una AFP ni mucho menos acceder a un sistema de salud. Dichos problemas les afecta principalmente cuando necesitan pedir un crédito o arrendar una vivienda.

Tampoco pueden acceder a los bonos que da el Estado, debido a que muchas no tienen la Ficha de Protección Social. Incluso, disfrazan los datos y su actividad para que el sistema público las reconozca como trabajadoras.

El pasado Abril, la fundación Margen presentó al Ministerio del Trabajo y el Servicio Nacional de la Mujer una propuesta de ley que regule el trabajo sexual. Amparándose bajo el artículo 19 de la Constitución, la Ley Zamudio y la Declaración Universal de los Derechos Humanos, defienden el oficio como un ejercicio legal y legítimo.

Como resumen del proyecto, piden que el Código del Trabajo modifique e incorpore el contrato explícito de trabajo para trabajadoras sexuales; el reconocimiento de éste por parte del Servicio de Impuestos Internos; y la eliminación del artículo 41 del Código Sanitario, donde impide el ejercicio en espacios cerrados.

“Esto no es sólo un tema de reivindicar o no el trabajo sexual en sí mismo, sino que es dar un paso hacia una sociedad más democrática e inclusiva”, aclara Glen Odgers, abogado de Margen.

A pocos días del 1 de mayo, ambas organizaciones alistan sus armaduras para marchar por una ley que las proteja. Esperando una posible aprobación del proyecto, sería el primer paso para mejorar sus derechos laborales y sexuales. Así dejarían de ser vistas como parias y el Estado las consideraría parte de una población activa.

 

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