Columnas de opinión

El autocuidado como un avance a nuestra autonomía

María Paz Becerra, licenciada en Sociología, Área de Programas de Fondo Alquimia.

Abril de 2014

La salud de las mujeres suele abordarse desde la perspectiva reproductiva. Donde abundan los controles periódicos que garantizan un adecuado funcionamiento de sus órganos reproductores, ya sea para no enfermar o para mantener una salud asociada a una eventual maternidad. Cuando somos adolescentes, si tenemos suerte, asistimos a controles iniciales y preventivos de embarazos adolescentes, para luego pasar por la revisión respecto de enfermedades de transmisión sexual y la prevención del VIH. Posteriormente, cuando avanzamos en edad, volvemos a los controles, pero esta vez vinculados al climaterio y los “desordenes hormonales” que caracterizarían esta etapa de nuestras vidas.

Por otra parte, a esta vinculación natural a la salud reproductiva que se hace de la “salud de las mujeres”, se ha sumado otra vinculación frecuente, esta vez referida a la salud mental, mencionándose afecciones tales como el estrés y la depresión. Y podríamos seguir hablando: insomnio, tabaquismo, colon irritable, entre otras. Pues bien, llama la atención que en un momento en el que las mujeres parecemos haber alcanzado mayores niveles de autonomía y libertades, las sociedades postmodernas tomen conciencia de estos malestares y/o enfermedades, pero además, estas sean atribuidas frecuentemente al estar de las mujeres en esta era.

Por cierto, que gran parte de las explicaciones a estas vinculaciones algo tendrán que ver con lo que se ha denominado la construcción cultural de lo femenino, es decir a cuestiones de género. Es decir, al lugar que nos han impuesto para que ocupemos en la sociedad, poniendo especial énfasis en las laborales domésticas, del cuidado, que si bien puede que ya no sean nuestra actividad principal, si las abordamos y tenemos las principales responsabilidades respecto de ellas. En este contexto es cuando se hace referencia a que las mujeres habríamos desarrollado una capacidad y costumbre excesiva de entrega para los otros y no para nosotras mismas, con lo cual la expresión “andar corriendo” se vuelve una queja permanente debido a las exigencias externas, pero que sin darnos cuenta se vuelven internas, es decir, nos auto exigimos a estar en todas y de la mejor manera.

Sin lugar a dudas que esta situación nos debe interpelar a hacernos cargo de nosotras mismas. Por cierto, que las razones estructurales de nuestras tensiones podemos debérselas a un estado, sistema, estructura social, género dominante, etc., pero la invitación de esta columna, sin dejar de lado las responsabilidades que le pueden caber a las instancias mencionadas anteriormente, es a reflexionar y hacer la tarea de revisar cómo podemos utilizar la autonomía lograda en tantos ámbitos de nuestra vida, ya sea en lo laboral, en el ejercicio de ocupar los espacios públicos, de disponer de nuestro tiempo libre, de acceder a instancias espacios artísticas culturales o de elegir la vida sexual que queremos llevar; para incorporar el autocuidado como una práctica de ejercicio de nuestra autonomía.

Por esta razón es que considero urgente, que aprendamos a tomar el control de nuestro bienestar, sabiendo que los límites debemos ponerlos nosotras, conjuntamente con tomar conciencia de nuestros ánimos y de nuestros cuerpos.   

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